“¿Si me quedo con hambre puedo comer jícama y pepino?”  “¿Hay alimentos libres?” “Y si me da ansiedad, ¿qué puedo comer?”

Estas son algunas de las preguntas que escucho en la consulta y que me hacen consciente de lo alejados que estamos de nuestro cuerpo y de cómo, aunque parezca irónico, luchamos para ir en contra de lo que él nos pide. Yo también lo aprendí así y me ha llevado tiempo y trabajo personal volver a escuchar, respetar y habitar con gusto mi propio cuerpo.

¿En qué momento aprendemos que hay alimentos buenos o malos, de consumo habitual u ocasional, prohibidos o permitidos, o cualquier otra clasificación?

Cuando tenía 12 años fui por vez primera a consulta con una nutrióloga. Estaba en pleno desarrollo adolescente, con todos los cambios físicos que dicho proceso conlleva. En mi salón de clases algunos comenzaron a llamarme “gorda” y yo me sentía incómoda dentro de mi cuerpo y deseaba bajar de peso para sentirme bien conmigo misma. La “solución” era clara: ¡Necesitaba ponerme a dieta urgentemente!

Así que mi mamá me dijo que lo mejor era que aprendiera a comer de manera saludable y por eso buscamos la ayuda de una profesional de la nutrición. Fue ahí, donde por primera vez aprendí a clasificar los alimentos en “buenos” y “malos”; supe que había alimentos que se “podían” comer siempre y mucho (los cuales, por razones obvias, terminaron por parecerme aburridos) y otros que se “podían” comer solo en pequeñas cantidades durante lo que mi nutrióloga llamaba “día libre”.

Podrán imaginar que esperaba locamente el día libre para comer y comer de esos alimentos que se me antojaban el resto de la semana. También entonces creía que alguien más, ajeno a mí, tenía las respuestas sobre qué y cuánto “debía” comer.

Categorizar a los alimentos en “buenos” y “malos” fue una de las principales razones por las que tuve, durante mucho tiempo, una relación de lucha con la comida. Nunca se me ocurrió, ni nadie me dijo entonces, que la respuesta y la solución para mantener una relación sana con lo que comía, podía estar dentro de mí.

Mi inquietud respecto al tema me llevó a una larga búsqueda personal y profesional a veces dolorosa, otras muy gratificante. Finalmente, creo haber encontrado un enfoque de salud que es respetuoso, congruente, humano e incluyente. Este paradigma de salud es el enfoque de Salud en todas las tallas (HAES por sus siglas en inglés) y es un enfoque de No Dieta. Pero, ¿en qué consiste?

Uno de los principales fundamentos del enfoque de No dieta es aceptar y reconocer a todos los alimentos por igual. Sí, sí, TODOS los alimentos. Con esto quiero decir que comer una hamburguesa o un pedazo de pastel de chocolate no es un “pecado” ni éstos son “cheat meals” como escucho decir a muchas personas todos los días, o leo constantemente en las redes sociales.

¿Te imaginas comiendo lo que se te antoje en el momento que quieras? ¿Cómo te hace sentir el hecho de pensarlo ? Es natural que únicamente con acariciar la idea de permiso incondicional para comer, te vislumbres comiendo grandes cantidades de helado de chocolate o de cualquier otro alimento que te hayas prohibido durante mucho tiempo en el contexto del mundo de las dietas.

¿Sabías que el principal factor de riesgo para tener un atracón es la restricción?

En el enfoque de No Dieta ningún alimento está prohibido y no lo estará mañana o pasado o los días entre semana.

Y es que uno de los sustentos de este enfoque es la neutralidad en el valor de los alimentos, concepto que se refiere a que podemos permitirnos comer incondicionalmente cualquier alimento y que éstos no tienen el valor moral (de bueno o de malo) que se les ha dado principalmente en las culturas occidentales. Y, aunque es un concepto difícil de asimilar y hacer propio si hemos crecido en medio del culto a la delgadez con que nos bombardean los medios de comunicación y del que la mayoría somos parte, es posible integrarlo a nuestra cotidianidad con un poco de trabajo personal.

El enfoque de Salud en todas las Tallas propone un cambio de paradigma cuyo objetivo no es la pérdida de peso, sino la consideración de que la salud de las personas es independiente del número que indica la báscula, o de la forma y el tamaño del cuerpo. Tomar conciencia de ello nos permite darnos cuenta de que la mentalidad de dieta, en la que se clasifica constantemente a los alimentos por su valor calórico o por la idea de si nos hacen o no subir de peso, no solamente dificulta conseguir una relación sana con la comida, sino que además, puede resultar muy dañino.

El permiso incondicional para comer, abre un universo de posibilidades para el autoconocimiento atento y consciente, ya que nos invita a preguntar a nuestro cuerpo qué es lo que realmente necesita para alimentarlo y nutrirlo en todos los niveles; es así que podemos ir aprendiendo qué y  cuánto  nos hace sentir bien en los distintos momentos.

La propuesta es, pues, asumir que cada uno de nosotros somos los mejores expertos en nuestro propio cuerpo y empezar un viaje a través del camino del autoconocimiento, la exploración, la curiosidad y el autocuidado, para volver a conectar con él y con toda la sabia información que ha tenido ahí, desde siempre, para nutrirlo desde una posición de auto afecto, respeto y aceptación.