por Lilia Graue

Los últimos días mi muro de Facebook y conversaciones en diversos foros han sido invadidos por debates y críticas en torno al Unicorn Frapuccino de Starbucks.

Entre los temas debatidos:

  • ¿cómo puede permitirse que se venda algo tan ‘terrible’?
  • ¿quién introduciría esto en su cuerpo?
  • ¿qué derecho tiene alguien de opinar acerca de lo que alguien más elige consumir?
  • ¿tomarme uno es (in)compatible con una alimentación ‘saludable’?

Los comentarios alarmistas no han faltado: “es como beber diabetes en un vaso”, “necesitas acompañarlo de una dosis extra de insulina”, “cuidado con este veneno de colores”.

Las discusiones han estado profundamente polarizadas. Comentarios en apariencia inocentes acerca de considerar con cuidado si se quiere consumir una bebida de X calorías y X contenido de azúcar llevan a implicaciones acerca de categorías de alimentos ‘buenos’ y ‘malos’, de la salud como imperativo moral, de la fobia a la gordura que tenemos como sociedad y de nuestra tendencia a avergonzar a las personas por sus elecciones alimentarias.

Éste es el ejemplo perfecto de nuestra ansiedad social en torno a la comida, que no está siendo en beneficio de nuestra salud o bienestar. Continuamos atrapados por el miedo y la aversión. Y entonces, ¿cómo sanamos la mentalidad de dieta y recuperamos un sentido de libertad y agencia para elegir lo más sabio para nuestro cuerpo en este momento?

Para la mayoría de las personas, ‘alimentación saludable’ significa comer en una forma que controle su peso – o por lo menos compatible con lo que la industria de las dietas nos dice que debemos hacer para controlar el peso. La realidad de este enfoque, y de cualquiera que satanice o idealice ciertos alimentos, es que no contribuye a tu salud, a tu liberación, a tu gozo ni a tu bienestar.

La práctica de mindful eating nos permite nutrirnos de manera distinta, poniendo atención a cómo comemos, en vez de a qué comemos. Y hace toda la diferencia. A continuación te comparto algunas ideas inspiradas por un blog de mi amiga y colega Marsha Hudnall.

Al comer con atención plena, puedes sintonizarte con lo que quieres y necesitas. Tu apetito varía de acuerdo con lo que necesitas – a veces son nutrientes importantes, a veces alimentos que hacen sentir a tu cuerpo con energía o calma; otras veces puede ser el placer de disfrutar un alimento de cierto sabor o textura, o de probar algo novedoso que te da curiosidad.

El verdadero regalo de la alimentación con atención plena es que te ayuda a tener claridad acerca de lo que genuinamente está alineado con tus deseos, tus necesidades, tus valores y tus prioridades momento a momento. No eres presa de sentimientos de privación que te mantienen persiguiendo algo que crees que no puedes o no debes tener.

El resultado es un equilibrio que realza tu vida y que permite que descubras lo que para ti es una alimentación saludable.

Pero entonces, ¿qué onda con el Unicorn Frapuccino? Como seguramente sospechas, mi respuesta no incluye reglas rígidas, ni tampoco un dictamen definitivo acerca de lo pertinente o no de que decidas consumirlo. Lo que quiero para ti es que la sabiduría de tu cuerpo te guíe. 

Si quieres descubrir tu respuesta a través de la práctica de mindful eating, quizá quieras darte El Regalo de la Alimentación con Atención Plena. Me encantará acompañarte en el proceso.

Y ¡no dejes de acompañarnos a mí y a Diana Andere, de Origen Chocolate, en nuestra cata de chocolates con mindful eating!

Si tienes ganas de experimentar la práctica en una experiencia de inmersión con más personas que, como tú, quieren más libertad y gozo en su relación con la comida y con su cuerpo, ¡acompáñame de retiro!

Y si todavía no sabes por dónde empezar, no estás convencida(o) o sientes miedo o ambivalencia acerca de abandonar tus creencias en torno a una alimentación saludable o la estructura o la aparente seguridad que te dan las dietas, todo esto es bienvenido en el espacio de mi consulta, me encantará tener una sesión contigo.


Nota para nutriólogas y profesionales de salud*:

Al leer este post, quizá te descubras pensando…

“Sí, pero…

  • …necesitamos abrir los ojos de las personas”
  • …si queremos tomar buenas decisiones, tenemos que conocer el contenido de los alimentos”
  • …hay alimentos que ayudan a nuestra salud y otros que no”
  • …tiene demasiado contenido energético”

Muy probablemente ya sabes que los seres humanos no tomamos la mayoría de nuestras decisiones en función de nuestros conocimientos, sino de emociones y de sabiduría corporalizada. La evidencia demuestra que mayores conocimientos nutricionales no tienen una correlación directa con una alimentación equilibrada, variada y completa. Como profesionales de salud, importa menos qué tanto conocemos acerca de nutrición que nuestra habilidad y capacidad para hacernos presentes, atestiguando y recibiendo de manera respetuosa la experiencia vivida de la persona que acude a nosotros buscando ayuda. Solamente desde ese lugar podemos co-construir con quien nos consulta, si lo desea, un plan para implementar cambios congruentes con sus valores, posibilidades, acceso a servicios y conceptos de salud y bienestar.

Una de las consecuencias de la siempre-presente cultura de las dietas, prejuicio y estigma en torno al peso es que la información nutricional rara vez se siente neutral.

En estos días he visto posts muy bien intencionados que buscan ser neutrales y compasivos, pero que al llegar a quien lee son recibidos e interpretados como mensajes que inadvertidamente promueven la dicotomía de alimentos ‘buenos’/’malos’ y que promueven la estigmatización de la gordura y el ‘healthism’.

¿Cómo podemos entonces quienes nos dedicamos a ámbitos relacionados con nutrición compartir información o educar, explorando políticas de alimentos y contribuyendo a audiencias y consumidores críticos de manera que cada persona pueda hacer elecciones más informadas, de forma que las personas tengan un mayor sentido de agencia y libertad para elegir qué comen y qué no comen sin satanizar alimentos, sin capitalizar en el miedo, sin promover estigmatización de la grasa y el peso, sin crear categorías de alimentos ‘buenos’ vs ‘malos’, sin promover una actitud que plantea la salud como imperativo moral? ¿Cómo ofrecemos a las personas interesadas en la ciencia datos respaldados por evidencia robusta? ¿Cómo hacer visibles las políticas de alimentos y las estrategias e implicaciones de la industria alimentaria sin proyectar culpa y vergüenza sobre las elecciones alimentarias o de salud de las personas?

Necesitamos asumir que en audiencias vulnerables y sin acceso a herramientas que contengan o protejan, cualquier información nutricional es recibida dentro de un contexto cultural y social más amplio que ha sido permeado por la mentalidad de dieta, por el estigma y vergüenza en torno al peso, tintes de moralidad con respecto al tamaño corporal, dicotomías de alimentos, etc., de manera que aún la información presentada como hechos, de manera neutral y respaldada por investigación no será interpretada de manera neutral. Y si añadimos a esto la inseguridad alimentaria, la falta de acceso a distintos alimentos, a seguridad, a movimiento gozoso, las inequidades en el acceso a servicios de salud e inclusive en la libertad de elegir, el tema se vuelve aún más complejo. En este contexto, el conocimiento nutricional se convierte en un arma para juzgar las elecciones alimentarias o de salud de otros en términos más amplios, y los más perjudicados son quienes más sufren de estigma y discriminación en primer lugar.

Es ingenuo creer que solamente porque no tenemos la intención de agregar al peso del trauma, la culpa y la vergüenza no lo haremos. Éticamente, nos toca hacernos responsables no solo de nuestra intención sino de nuestro impacto.

El único camino que he encontrado para negociar estas complejidades es enfocarnos en la experiencia de la comida de cada persona. Creo que podemos validar la experiencia de las personas (“me comí x y entonces me sentí acelerada y luego me dio sueño”) con la explicación fisiológica de por qué podrían haber tenido esa experiencia. Hace una verdadera diferencia confiar en que la persona observe su propia experiencia desde una conexión con su cuerpo. El rol social que inadvertidamente desempeñamos en una cultura que promueve la salud como imperativo moral es de policía de la comida, y cuando dejamos de jugar este papel, desde la convicción de que cada persona encontrará su propio camino y dedicando nuestra labor a crear resiliencia, contrarrestamos la violencia y opresión de nociones de alimentos, cuerpos y vidas “buenos”/”malos”.

Necesitamos darnos cuenta de que salud y bienestar van mucho más allá de la salud metabólica o cardiovascular. Nuestra energía y conocimientos están mejor invertidos en hacer visible la cultura de las dietas, en promover elecciones alimentarias arraigadas en la sabiduría de cada cuerpo y en contribuir a que cada vez más personas tengan acceso al respeto, la aceptación y la dignidad sin importar las características del cuerpo que habitan, cultivando una presencia plena y desafiando nuestros propios prejuicios como profesionales de salud.

Si quieres ayudar a más personas a sanar su relación con la comida y con su cuerpo, no te pierdas nuestro próximo entrenamiento para profesionales.

* Agradecimientos y atribución de autoría: Parte del contenido de esta nota para nutriólogas y profesionales de salud ha sido parafraseado de / inspirado por notas escritas por Deb Burgard, Hilary Kinavey, Dana Sturtevant, Jamie Lee y Rachel Millner acerca de este tema.